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Christine Lavant
La niña
(Traducción de Lorel Manzano)
Christine Lavant (1915-1973), poeta y narradora austriaca, es una de las voces más líricas y visionarias de la literatura en alemán del siglo xx. Autodidacta, aislada de todo contexto social y literario, enferma, crónicamente al borde de la locura, vivió su experiencia poética en la concentración de un silencio votado a penetrar en el “estado de atención”. De ahí su palabra se embebe de un ímpetu contemplativo que la proyecta a despojar la expresión, su forma y jerarquía, de toda vanidad literaria, al encuentro con el gesto, el acento, la voluntad que generan y motivan el ser. Palabras como “dolor”, “belleza”, “centro”, constituyen los términos mínimos de un léxico íntimo de aliento inagotable. Mujer de profunda fe cristiana, y de arrebatos sacrílegos, ha sido comparada con Hildegarda de Bingen o con Teresa de Ávila. Lectores que han reconocido la dignidad de su palabra fueron Paul Celan e Ingeborg Bachmann. Thomas Bernhard curó una antología de sus poemas. En 1970 el Gobierno de Austria le asignó el Gran Premio Nacional de Literatura y obtuvo la publicación de su obra poética completa.
La niña –traducido por Lorel Manzano, primera edición en castellano de Christine Lavant–, fue publicado originalmente en 1948. Relata desde la primera persona la rutina de una niña en un manicomio, donde los espacios, las puertas, los pasillos, los colores, batas y pacientes, esbozan un paisaje vaporoso e inadvertido, que arraiga en las plagas profundas del yo y que templa su furor en la fatal visión del otro. Christine Lavant conoció el manicomio, donde estuvo voluntariamente recluida a consecuencia de un intento de suicidio: ahí observó la locura, suya y de la humana condición. Las enfermeras la llamaban “señorita”, de usted, y esa distancia le permitirá ver, y al mismo tiempo verse, como una huésped anómala, un alma oyente, alerta. La clínica es el mundo, los niños son la humanidad y el médico es la figura piadosa y siniestra de un redentor que obra prodigios y castiga, que abre y cierra las puertas y receta las condenas, que anuncia la promesa de una fuga, mañana, a otra vida. El cuento es un breviario de la niña, que percibe y refiere su día en una sintaxis delirante y alterada, fragmentaria y extática; en la inminencia sensible, numinosa, del asenso al martirio, al amor. Es un rezo, con la prosodia acerba del flechazo, visceral, hacia el germen de la poesía.
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