viernes, 15 de abril de 2011

Mandrágora, colección de narrativa y poesía. Próximos títulos, III




iii
El apocalipsis de Pablo
(Traducción de Vicente Flores Militello)

El término apócrifo, antes de vulgarizarse en la acepción de “fabuloso, supuesto o fingido”, indicaba la palabra “oculta”, “secreta”. Los libros apócrifos eran aquellos destinados a un público sectario, a los adeptos, que filtraban el mensaje por medio de ciencia y doctrina. En esa veta, los Apocalipsis exploran su terreno más lícito y propicio: Apokalypsis significa “no oculto”, “revelación”, pensamiento de hechos desvelados en virtud de un pacto gratuito entre el cielo y el vidente.

La apocalíptica cristiana, que desarrolla modelos y formas de la literatura escatológica judía, concibe, en los primeros siglos de la era común, una serie de relatos que abren el telón entre tiempo y cosmos, presente y futuro, carne y vida eterna. A partir del año 100, circula un texto griego, el Apocalipsis de Pedro, primera descripción de los suplicios y los tormentos en el más allá cristiano. Su descendiente directo, a partir del tercer siglo, es el Apocalipsis de Pablo. La fortuna del relato, en la Edad Media, será enorme, y la reseña de las penas del infierno constituye la más elocuente, articulada narración antes de Dante.
El texto fue compuesto en griego. Siguieron redacciones en copto, en latín, hasta llegar a las lenguas modernas en la baja Edad Media. En 1494, en Sevilla, un autor anónimo publica en castellano una Revelación de San Pablo, que aparece en el Índice de la Inquisición a mediados del siglo xvi. La versión aquí propuesta se basa en un manuscrito latino del octavo siglo, descubierto en 1890 y conservado en la Biblioteca Nacional de París. Es la recensión más larga, considerada, a la fecha, la más cercana al original.

En la segunda Epístola a los Corintios, san Pablo escribe: “Sé de un hombre en Cristo, el cual hace catorce años –si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe– fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y sé que este hombre –en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe– fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que el hombre no puede pronunciar”. El autor del Apocalipsis convierte la reticencia del Apóstol en un viaje de pasión sibilina, donde el peregrino, guiado por un ángel en los poderíos del más allá, conoce el vórtice del mal, la gloria y la piedad, la humillación inane, súbito reflejo de un grito que brilla, e invade tremendo, la materia de la vida.

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